Por: ALEX ESPINAL
Periodista, escritor y Especialista en Defensa y Seguridad Nacional
Hubo un tiempo, mucho antes de mis inicios en esta noble profesión en 1991, en que ser periodista significaba mucho más que tener un teléfono celular, una cuenta en Facebook o miles de seguidores. El periodismo era una profesión que exigía formación académica, conocimiento de las técnicas de investigación, dominio del lenguaje, ética profesional, capacidad de análisis y, sobre todo, una responsabilidad enorme frente a la sociedad. Quien ejercía el periodismo sabía que cada palabra publicada podía tener consecuencias.
El periodista de aquella época tenía que salir a buscar la noticia, enfrentarse al desafío de navegar sin brújula en un océano de información que, para reunirla y procesarla era necesaria una planificación previa, durante y después. Había que caminar, preguntar, llamar por teléfono, acudir a una conferencia de prensa, entrevistar a las fuentes, revisar documentos y, muchas veces, esperar durante horas para obtener una declaración. La grabadora, la libreta y el bolígrafo eran herramientas fundamentales y una capacidad de retentiva para agilizar el proceso. Luego venía el trabajo en la sala de redacción: verificar, contrastar, redactar, editar y volver a revisar antes de publicar.
No existía la posibilidad de borrar una noticia de la memoria colectiva con un simple clic. Una información publicada en un periódico quedaba impresa. Una noticia transmitida por radio llegaba a miles de hogares. Un reportaje televisivo podía generar consecuencias políticas, económicas o sociales. Por eso, el periodista debía comprender que la credibilidad era su patrimonio más importante.
Quienes estudiamos periodismo en una universidad, en nuestro caso en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) no recibimos únicamente conocimientos sobre cómo escribir una noticia. Aprendimos que detrás de una información existe un método. Aprendimos la diferencia entre información y opinión, entre rumor y noticia, entre fuente y comentario, entre una acusación y un hecho comprobado. Aprendimos que una noticia necesita contexto y que una afirmación extraordinaria exige una comprobación proporcional a su gravedad.
Hoy el escenario es completamente diferente. Las redes sociales democratizaron la comunicación y eso tiene aspectos extraordinariamente positivos. Cualquier ciudadano puede transmitir desde el lugar donde ocurre un acontecimiento. Una persona con un teléfono puede documentar un accidente, una protesta, una emergencia o un hecho que posiblemente nunca habría llegado a una sala de redacción.
El problema no es que la ciudadanía comunique. El problema aparece cuando comunicar se confunde con ejercer el periodismo.
Publicar no convierte automáticamente a alguien en periodista. Tener una página informativa tampoco. Poseer miles de seguidores mucho menos. Y utilizar correctamente una cámara, un micrófono o una inteligencia artificial no sustituye la formación profesional, la ética ni la responsabilidad que implica informar, excepto ciertos casos cuestionables de periodistas que hicieron de esta noble profesión su gallinita de los huevos de oro y se apartaron de todos estos principios.
Hoy encontramos personas que anuncian una noticia sin confirmar la fuente, reproducen publicaciones de terceros como si fueran propias, convierten un comentario en una afirmación, utilizan titulares diseñados exclusivamente para provocar reacciones y, en algunos casos, presentan como periodismo lo que en realidad es propaganda, activismo, entretenimiento o simple opinión personal.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo:
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para informar y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir la información confiable de la desinformación.
La llegada de la inteligencia artificial profundiza todavía más este desafío. Hoy es posible producir en segundos un texto perfectamente redactado, generar una voz, crear una imagen, editar un video o resumir cientos de documentos. La tecnología puede convertirse en una extraordinaria aliada del periodista.
Pero la inteligencia artificial tampoco sabe, por sí sola, cuál es la verdad de un acontecimiento que acaba de ocurrir. Puede organizar información, encontrar patrones, ayudar a investigar y acelerar procesos, pero la responsabilidad editorial continúa siendo humana.
Por eso el periodista profesional no debería sentirse amenazado por la IA. Debería sentirse obligado a elevar su nivel.
El periodista que únicamente redactaba lo que le entregaban probablemente tendrá dificultades en el nuevo escenario. En cambio, aquel que sabe investigar, verificar, contextualizar, entrevistar, interpretar documentos, comprender datos y formular preguntas difíciles tendrá todavía más valor.
El verdadero periodista del presente y del futuro no será necesariamente quien escriba más rápido.
Será quien pueda demostrar por qué lo que está contando merece ser creído.
También debemos reconocer algo que incomoda: las universidades ya no tienen el monopolio del conocimiento periodístico. Internet permitió que miles de personas aprendieran por su cuenta fotografía, edición, comunicación digital, producción audiovisual, análisis de datos y creación de contenidos. Eso es positivo. El conocimiento dejó de estar encerrado en las aulas.
Pero una cosa es aprender herramientas de comunicación y otra muy diferente es adquirir una formación profesional integral.
Un periodista universitario no debería considerarse superior simplemente por poseer un título. La credencial académica, por sí sola, tampoco garantiza ética, calidad ni talento. Un mal periodista puede tener un título y una persona sin formación universitaria puede desarrollar excelentes capacidades para comunicar.
La diferencia está en algo más profundo: el método, la responsabilidad y la ética con la que se construye la información.
Por eso no creo que la respuesta sea cerrar las puertas del periodismo a los ciudadanos. Al contrario. Los ciudadanos tienen derecho a expresarse, denunciar, documentar y participar en el debate público.
Lo que debemos recuperar es la capacidad de llamar a las cosas por su nombre.
Un creador de contenido es un creador de contenido. Un comentarista es un comentarista. Un influencer es un influencer. Un activista es un activista. Un comunicador ciudadano es un comunicador ciudadano. Y un periodista es quien asume la responsabilidad profesional de investigar, verificar y comunicar hechos de interés público bajo principios periodísticos.
Las fronteras pueden ser flexibles, pero no deberían desaparecer.
Porque cuando todo el mundo es periodista, paradójicamente, el periodismo corre el riesgo de no significar nada.
Los periodistas de generaciones anteriores no deberían sentirse desplazados por la tecnología. Deberían recordar algo fundamental: fueron formados para hacer preguntas cuando otros no las hacían, para buscar información donde otros no la buscaban y para asumir responsabilidades que no podían delegarse en un algoritmo.
La profesión cambió. Las herramientas cambiaron. Los tiempos cambiaron.
Pero la esencia del periodismo no debería cambiar: buscar la verdad, contrastar los hechos y servir al derecho de la sociedad a estar informada.
Quizás el gran desafío de esta generación no sea defender al periodista frente a la tecnología. Quizás sea mucho más importante defender al ciudadano frente a la confusión entre información y ruido.
Porque en un mundo donde cualquiera puede publicar, el verdadero poder del periodista ya no está en tener acceso exclusivo al micrófono.
Está en saber qué preguntar, qué verificar, qué publicar y qué no publicar.
Y esa responsabilidad, por mucho que avance la inteligencia artificial, seguirá siendo profundamente humana.