WASHINGTON/DUBÁI.— La guerra entre Estados Unidos e Irán entró nuevamente en una fase de fuerte escalada después de que ambos países intercambiaran ataques de una intensidad que no se observaba desde julio. La ofensiva estadounidense alcanzó objetivos militares iraníes, mientras Teherán respondió con misiles y drones contra posiciones estadounidenses y de países aliados en Medio Oriente.
El nuevo ciclo de violencia comenzó con una ofensiva estadounidense sobre el sur de Irán. El Pentágono informó que sus fuerzas atacaron sistemas de defensa aérea, radares y activos marítimos iraníes, además de capacidades que Washington vincula con operaciones de colocación de minas en el estratégico estrecho de Ormuz.
Desde Teherán llegó una respuesta inmediata. Irán lanzó ataques contra instalaciones estadounidenses en la región y posteriormente amplió sus acciones hacia países aliados de Washington, con reportes de ataques con drones y misiles contra objetivos en Kuwait y Bahréin. Las autoridades de esos países aseguraron haber activado sus defensas aéreas.
El punto más sensible del nuevo enfrentamiento es el estrecho de Ormuz, una vía marítima fundamental para el comercio energético mundial. El tráfico de buques de carga se redujo considerablemente: datos preliminares citados por Reuters registraron apenas cuatro embarcaciones de materias primas atravesando el estrecho el martes, frente a un promedio de alrededor de 13 durante los diez días anteriores.
La amenaza sobre esa ruta marítima ya está repercutiendo en los mercados. El precio del crudo Brent terminó este miércoles aproximadamente 1 % al alza, después de haber alcanzado durante la sesión su nivel más elevado desde el 24 de julio. La preocupación central es que una prolongación de los combates pueda restringir todavía más el suministro internacional de petróleo.
La dimensión humana de la ofensiva también genera alarma. Autoridades iraníes informaron que 18 personas murieron y 108 resultaron heridas durante los últimos ataques estadounidenses, según el balance difundido por Teherán. Entre los episodios más graves figura un impacto registrado en una vivienda donde se celebraba una boda en Kuhestak, en el sur del país.
De acuerdo con reportes recogidos por AP, el ataque contra la celebración matrimonial dejó al menos cuatro civiles muertos y más de 60 heridos, según medios estatales iraníes y una organización de derechos humanos. Estados Unidos no ha confirmado que la vivienda fuera el objetivo de la operación y el Comando Central estadounidense mantiene bajo revisión las circunstancias del incidente.
Mientras la violencia se intensifica, la administración de Donald Trump sostiene que las operaciones estadounidenses están dirigidas contra capacidades militares iraníes y contra amenazas a la navegación internacional. El presidente estadounidense afirmó este miércoles que la nueva campaña contra Irán no necesariamente será prolongada, aunque también advirtió que Washington está preparado para efectuar nuevos ataques si considera que son necesarios.
La posibilidad de una guerra prolongada preocupa incluso dentro de Estados Unidos. Reuters informó que altos asesores de Trump buscan evitar una escalada mayor antes de las elecciones legislativas de noviembre, en un escenario donde el respaldo ciudadano al conflicto ha disminuido y los elevados precios de la energía están generando presión política sobre la Casa Blanca.
Teherán, por su parte, ha mantenido señales contradictorias: mientras sus fuerzas responden militarmente a los ataques estadounidenses, el presidente iraní Masoud Pezeshkian ha señalado que su Gobierno estaría dispuesto a corresponder si Washington retoma sus compromisos dentro del acuerdo provisional alcanzado en junio. Esa posibilidad diplomática, sin embargo, enfrenta el obstáculo de la nueva cadena de ataques.
La crisis trasciende las fronteras de Irán y Estados Unidos. Bahréin, Kuwait y otros aliados estadounidenses en el Golfo están quedando expuestos a posibles represalias, mientras países como Egipto, Catar y Pakistán han llamado a buscar una salida diplomática. El riesgo de que nuevos actores terminen involucrados aumenta a medida que los ataques se extienden por la región.
El mundo observa ahora con preocupación si la actual ronda de ataques será contenida o si terminará convirtiéndose en una guerra regional de mayores proporciones. El estrecho de Ormuz, el precio del petróleo y la seguridad de las rutas marítimas se han convertido nuevamente en los principales indicadores de la crisis, mientras Washington y Teherán mantienen posiciones enfrentadas y la posibilidad de una solución diplomática permanece abierta, pero cada vez más amenazada por la escalada militar.