Tegucigalpa y Comayagüela, ciudades integradas del Distrito Central (DC), enfrentan un caos vehicular crónico que se ha convertido en un problema estructural y persistente. Calles y bulevares colapsados, embotellamientos que se prolongan durante horas y un parque vehicular que supera con creces las capacidades de la infraestructura existente son ya parte de la experiencia cotidiana de los capitalinos.
Expertos y autoridades locales coinciden en que el principal factor que alimenta esta crisis es el crecimiento descomunal del parque automotor. Según cifras recientes, la capital hondureña soporta más de 800,000 vehículos circulando diariamente, a pesar de que su red vial fue diseñada para albergar alrededor de 250,000 automotores.
Este desequilibrio entre vehículos y vías ha generado congestionamientos persistentes en puntos neurálgicos como el bulevar Fuerzas Armadas, el Anillo Periférico, el bulevar Suyapa y la salida al sur de la ciudad. Incluso trayectos que podrían tomarse en menos de 15 minutos, en horas pico se extienden hasta una hora o más.
Además del simple exceso de automóviles, los accidentes de tránsito juegan un papel importante en agravar la situación. En algunas jornadas, se registran hasta 60 accidentes diarios que bloquean arterias clave y prolongan aún más los embotellamientos, afectando a miles de conductores.
A esta problemática se suman factores como la falta de educación vial, maniobras imprudentes y una cultura de conducción que no respeta normas básicas de tránsito. Según estudios, estas deficiencias complican aún más la fluidez en las principales arterias del DC y dificultan la labor de las autoridades de movilidad.
La planificación urbana deficiente y la falta de una visión a largo plazo también han jugado en contra. El crecimiento desordenado de barrios y colonias sin una infraestructura vial adecuada ha hecho que las calles angostas se llenen de vehículos estacionados y en circulación, empeorando la congestión.
En respuesta a esta realidad, administraciones municipales previas han presentado planes temporales como el teletrabajo para empleados públicos o propuestas de horarios escalonados, pero estas medidas paliativas no han logrado resultados sostenibles ni una mejora significativa del tráfico.
Proyectos de infraestructura más amplios, como el diseño de un segundo anillo periférico o la construcción de pasos a desnivel y túneles, han sido mencionados en múltiples foros, pero su ejecución ha sido lenta o insuficiente para enfrentar la magnitud del problema.
Ante este escenario de saturación, el reto ahora recae en el nuevo alcalde Juan Diego Zelaya, quien al igual que todos sus antecesores, comienza su gestión con energía y promesas de soluciones. La ciudadanía espera que esta vez no se queden en intenciones.
Si bien el desafío es enorme, una posible salida requiere de un enfoque integral que combine inversión en infraestructura, ordenamiento urbano y un sistema de transporte público eficiente y moderno que reduzca la dependencia del automóvil particular.
La implementación de corredores de transporte masivo, incentivos al uso de alternativas no motorizadas y políticas de regulación del parque vehicular podrían ser parte de una estrategia coherente de largo plazo.
Más aún, es indispensable fortalecer la cultura vial mediante educación y sanciones efectivas, así como mejorar la señalización y el mantenimiento de las vías para disminuir los accidentes que agravan los embotellamientos.
A la postre, una gestión comprometida con resultados debe apostar por el diálogo con expertos, la participación ciudadana y la planificación estratégica. Solo así se podrá transformar el eterno congestionamiento de Tegucigalpa y Comayagüela en una movilidad urbana sostenible para las futuras generaciones.