La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, de anunciar en redes sociales —y de paso prometer un indulto para Juan Orlando Hernández— y de reafirmar su respaldo a Nasry “Tito” Asfura, ha puesto en evidencia un cruce de dinámicas internacionales y domésticas que puede alimentar tanto la campaña como el rechazo en una Honduras ya de por sí crispada. El anuncio no es simbólico: viene acompañado de mensajes sobre la condicionalidad del apoyo estadounidense, lo que convierte la intervención en un factor político de alto voltaje a pocas horas de las elecciones.
Primero lo factual: el pronunciamiento de Trump llega cuando la contienda electoral está muy reñida —con al menos tres candidaturas con posibilidades reales— y con observadores nacionales e internacionales atentos por riesgo de disputas postelectorales. La narrativa pública de Washington —sea quien sea el presidente— tiene un efecto real sobre recursos, cooperación en seguridad y migración, temas que importan directamente a millones de hondureños. Esa intersección entre poder blando (mensajes, reconocimiento) y poder material (ayuda, cooperación) explica por qué el tuit/post no pasa desapercibido.
Sin embargo, el impacto en la decisión de voto no es mecánico ni uniforme. Votantes y sectores se comportan según mapas de identidad, memoria reciente y percepciones sobre soberanía. Para amplios sectores que en 2021 votaron por Xiomara Castro con el objetivo explícito de romper con los 12 años de continuidad política ligada al Partido Nacional y a la era de Juan Orlando Hernández, este anuncio tenderá a reforzar la percepción de intervención extranjera y —por ende— a provocar rechazo. La victoria de Castro en 2021 fue entendida por muchos como un voto de castigo a la continuidad de JOH y a la corrupción asociada a su administración; esa memoria electoral sigue viva y condiciona cómo se recibe ahora el gesto de Trump.
En la otra orilla, dentro del núcleo duro del Partido Nacional y entre votantes que priorizan la estabilidad o la relación estrecha con Estados Unidos, el respaldo de Trump puede leerse como una bendición que legitima a Asfura y que promete beneficios tangibles —desde cooperación en seguridad hasta flujos de ayuda— si gana el candidato conservador. Ese segmento puede sentir refuerzo y urgencia. No obstante, legitimar a Asfura a través de la sombra de JOH —en especial si se promete indulto— puede herir la sensibilidad de votantes moderados que rechazan explícitamente la corrupción y la impunidad.
Las reacciones inmediatas en medios y redes sociales muestran ya dos corrientes: festejo y movilización en las filas oficialistas y unánime rechazo y alarma en amplios sectores de la oposición y sociedad civil. Medios nacionales entrevistados y declaraciones de dirigentes de Libre han interpretado el mensaje de Trump como una intromisión y, para algunos, como indicio de desesperación política del Partido Nacional; el propio oficialismo lo enmarca, en varios casos, como prueba de que su candidata Rixi Moncada lidera y molesta a intereses externos. En redes —Facebook, X e Instagram— abundan los memes, las denuncias por “interferencia” y llamados a defender la soberanía electoral.
¿Entonces: impacto fuerte o moderado? A muy corto plazo (dentro de las próximas horas hasta el domingo), el efecto movilizador puede ser más potente que el de conversión de simpatías. Un respaldo extranjero tan evidente tiende a polarizar: moviliza la base favorable a Asfura y, al mismo tiempo, acrecienta la resistencia y participación de quienes ven la maniobra como tráfico de influencias. En otras palabras, es probable que la intervención aumente la participación entre los convencidos —en ambos lados— más que que provoque un número significativo de “cambios de voto” entre indecisos.
Hay, además, un riesgo político estratégico para Asfura: vincular su campaña a la figura de JOH y a un indulto discutible puede erosionar la narrativa de “nueva gestión” y abrir grietas con votantes que exigen rendición de cuentas y justicia. Si el electorado interpreta el gesto como un acuerdo de impunidad, el costo reputacional puede superar el beneficio inmediato de la bendición externa. El temor a la impunidad fue precisamente un factor central del rechazo masivo que llevó a la oposición a votar por Castro en 2021.
La interpretación social de la intervención también tendrá matices generacionales y geográficos: en barrios y zonas urbanas con memoria reciente de violencia y escándalos de corrupción, el rechazo será más visceral; en municipios con fuertes dependencias de programas sociales vinculados a cooperación internacional, la promesa de “apoyo” podría pesar más. Además, la narrativa de “soberanía” —un punto sensible en la diplomacia pública— será utilizada por partidos y por la sociedad civil para marcar discursos y convocar a la movilización postelectoral si los resultados son ajustados.
Finalmente, la lectura pública se dividirá entre quienes ven el anuncio como una defensa de un “aliado injustamente castigado” y quienes lo ven como un intento de compra de influencias. En el corto plazo, la intervención refuerza la polarización y la volatilidad electoral; en el mediano plazo, si el indulto se concreta o si la intervención se percibe como parte de acuerdos inconfesos, podría dejar un saldo de deslegitimación para quien lo reciba. Para Asfura el riesgo es real: el apoyo de una potencia puede servir de paraguas, pero también lo puede pintar como continuador de prácticas que gran parte del electorado decide ya no tolerar.
En suma: el mensaje de Trump importa —no es inocuo— pero su fuerza transformadora sobre la intención de voto es más movilizadora que persuasiva. A pocas horas de las urnas, esperaría ver una campaña más tensa, cargas simbólicas sobre la soberanía y una mayor vigilancia de observadores. Y si la elección resulta cerrada, ese mensaje puede convertirse en un eje de contestación que alimente dudas sobre la legitimidad del resultado, con consecuencias políticas que irán mucho más allá del domingo.