Por: Javier Franco Núñez
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La inminente llegada de 2025 nos invita a replantear el tipo de liderazgo que ejercemos y al que nos sometemos, ya sea en la familia, en el ámbito laboral, en la esfera política o dentro de cualquier organización que integre nuestra vida diaria.
Durante mucho tiempo, hemos asociado liderazgo con la acumulación de méritos y bienes, como si el propósito máximo fuese “hacer” o “tener” más que “ser”. Sin embargo, pensadores como Erich Fromm subrayaron la urgencia de reorientar nuestros valores hacia una perspectiva más humana, consciente y centrada en la autenticidad.
En sintonía con estas ideas, la Organización Mundial de la Salud destaca el aumento progresivo de cuadros de ansiedad y depresión en entornos competitivos, lo cual pone en evidencia la necesidad de un liderazgo que no se limite a exigir, sino que se caracterice por acompañar, escuchar y promover el bienestar colectivo.
En el núcleo de este cambio emerge la convicción de que liderar es servir, no imponer. Servir con lealtad a la causa y no avasallar por tener en medio de la causa. El padre que promueve el diálogo y la comprensión antes que el castigo; el gerente que potencia la creatividad de sus colaboradores en lugar de someterlos a una atmósfera de miedo; el político que ejerce su rol con integridad y responsabilidad social viendo los talentos; todos estos liderazgos nacen de una noción de ser que no persigue aplausos fáciles ni reconocimiento fugaz, sino la maduración conjunta y la trascendencia de las personas que lo rodean.
Un líder de esta naturaleza escucha para entender, no para responder, y comprende que el verdadero poder se fundamenta en la coherencia entre lo que dice y lo que hace.
El filósofo Martin Heidegger advertía sobre la tentación de la “inautenticidad”, ese modo de existir en el que nos dejamos arrastrar por expectativas externas en lugar de vivir conectados a nuestra esencia. La cultura del consumo y el afán desmedido de productividad han normalizado conductas que nos alejan de la empatía y del sentido comunitario.
La teoría de la Ventana de Overton ilustra cómo la sociedad desplaza su visión de lo deseable a lo “normal” casi de forma imperceptible, a veces sin reflexionar sobre las consecuencias. Este fenómeno se hace más grave cuando, en medio de la confusión, se alzan voces que, lejos de cultivar la integridad, pueden evidenciar rasgos psicopáticos que buscan manipular o explotar a los demás sin remordimiento, y esto es cada vez más usual en todos los ámbitos no solo en la política.
En ciertos liderazgos empresariales y políticos, la ambición y la falta de escrúpulos pueden disfrazarse de eficacia y carisma, generando un entorno tóxico donde el fin justifica los medios. Por eso, más que nunca, es vital que cada uno de nosotros observe detenidamente a quienes lideran, y evalúe su proceder para no confundir la imposición o el oportunismo con un liderazgo legítimo.
A las puertas de un nuevo año, cabe preguntarse qué tipo de líderes queremos ser y qué clase de líderes necesitamos en nuestros hogares, empresas y gobiernos. Quizá el mayor desafío consista en combinar el análisis riguroso con la calidez humana, la estrategia con la compasión y la visión a largo plazo con la presencia en el presente.
Para lograr un 2025 más genuino y consciente, no basta con escribir listas de objetivos; es fundamental ejercer y promover un liderazgo en el que se prioricen la dignidad humana y el fortalecimiento recíproco. Solo así evitaremos caer en liderazgos nocivos, construyendo una sociedad más solidaria, justa y empática, anclada en el valor esencial de ser y no únicamente de poseer o exigir.