La madrugada de este sábado se reportaron al menos siete fuertes explosiones y sobrevuelo de aeronaves a baja altura en Caracas y estados vecinos, generando pánico entre la población. Varios sectores residenciales y militares sufrieron interrupciones de energía y disturbios.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó en redes sociales que su país había llevado a cabo con éxito una operación militar de gran envergadura en Venezuela, indicando que Nicolás Maduro y su esposa fueron capturados y trasladados fuera del país bajo custodia estadounidense.
Caracas rechazó el operativo calificándolo de “gravísima agresión militar” por parte de Estados Unidos, violatoria de la soberanía nacional, e informó que Maduro había declarado estado de conmoción exterior para activar planes de defensa.
El gobierno venezolano solicitó formalmente una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para discutir el ataque y pedir que se condene la acción militar estadounidense, además de exigir medidas contra Washington por “crímenes de agresión”.
La vicepresidenta Delcy Rodríguez, en un pronunciamiento oficial, dijo no tener información certera sobre el paradero de Maduro ni de Flores, y exigió a Estados Unidos pruebas de vida para confirmar que ambos están seguros.
La ofensiva militar desató voces dispares: mientras algunos gobiernos latinoamericanos criticaron el ataque por violar la soberanía, otros lo vieron como una medida contra un régimen considerado ilegítimo. Organizaciones regionales expresan preocupación por la estabilidad.
Miles de ciudadanos venezolanos despertaron entre confusión y miedo frente a las detonaciones y la falta de comunicaciones, con reportes de evacuaciones espontáneas y escenas de caos en diversas partes de Caracas.
Con Maduro supuestamente capturado y la comunidad internacional dividida, la situación política y humanitaria en Venezuela entra en un terreno desconocido que podría redefinir las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.